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Testimonio de sobreviviente de Jen

Foto de Jen P.

“El cáncer ha cambiado toda mi vida, y la manera en que aprecio y lo veo todo a mi alrededor.”

—Jen P., Sobreviviente de cáncer de cuello uterino
Edad al momento del diagnóstico: 43

Vivo en Minnesota con mi esposo, mi hijo y un perro, y nos encanta hacer toda clase de actividades al aire libre. Tengo la bendición de que mi hermana y mi papá viven a una hora de camino. Mi mamá, con quien fui muy, muy cercana, falleció en febrero del 2012. Ese verano, me diagnosticaron cáncer de cuello uterino.

Nada me dio señales de que tuviera cáncer. Siempre había ido a hacerme los exámenes y las pruebas de Papanicoláu anuales habituales, o sea que fui como de costumbre. Al día siguiente sonó el teléfono, era la doctora y podía escuchar en su voz que algo estaba mal. Me preguntó si alguna vez había tenido una prueba de Papanicoláu con resultado anormal. Le dije que no y ella me dijo: “Bueno, este estuvo muy anormal”, lo cual es algo que usted nunca querría escuchar.

Inicialmente había ido a mi médica general, por lo que ahora me remitió a un obstetra que me pudiera ver al día siguiente y me realizara una colposcopia. (Nota del editor: Durante la colposcopia, el médico usa un instrumento para que el cuello uterino se vea más grande con el fin de ver cualquier célula anormal. A menudo el médico toma una pequeña muestra de tejido [biopsia] para examinarla en busca de cáncer y otras anormalidades). Estaba nerviosa. El obstetra me aseguró que probablemente no sería algo grave.

Cuando se completó la colposcopia, enviaron mi biopsia y me dijeron que escucharía los resultados en unos pocos días. Estaba en un viaje de trabajo cuando recibí la llamada: se trataba de cáncer de cuello uterino. Incluso antes de que tuviera tiempo de pensar acerca del diagnóstico, me dieron el nombre del oncólogo que vería.

Todo sucedió muy rápido. Supe que tenía cáncer el 20 de junio y el 23 de julio me hicieron una histerectomía radical. Me recomendaron este tratamiento con base en el tipo de cáncer que era, en mi edad y en el hecho de que ya tenía un hijo de 7 años. No me importaba lo que tuviera que hacerse, quería salir de eso. No obtuve una segunda opinión; confiaba en mi médico. Hoy, haría todo de nuevo, exactamente de la misma manera.

Con la operación lo extirparon todo, o sea que no tuve tratamientos de radioterapia. Me hago chequeos cada seis meses para la atención de seguimiento. Antes de que me diagnosticaran con cáncer, tuve menstruaciones normales y no tuve sangrados anormales ni dolor. Me dijeron que por lo general una prueba de Papanicoláu no detectaría el tipo de cáncer de cuello uterino que tuve. Mi médico dice que fue un milagro que lo detectaron.

Después de que todo pasó, comencé a preguntarme “¿cómo?” y “¿por qué?”. Mi cáncer fue causado por el VPH. (Nota del editor: El virus del papiloma humano [VPH] es la principal causa del cáncer de cuello uterino. El VPH es un virus común que se transmite de persona a persona durante las relaciones sexuales. Por lo menos la mitad de las personas sexualmente activas contraerán el VPH en algún momento de su vida, pero pocas mujeres tendrán cáncer de cuello uterino.)

El cáncer es una de esas cosas que nadie escoge tener. Y aunque no me complace haberlo tenido, ha cambiado toda mi vida, y la manera en que aprecio y lo veo todo a mi alrededor. Ahora soy superconsciente de cualquier cosa en el área ginecológica. Si estoy hinchada, si sangro, soy extremadamente consciente de ello. Y conozco mi cuerpo. Es importante poder hablar con alguien acerca de lo que está pasando.

Mi mensaje para otras mujeres es uno que pueden haber escuchado antes, pero que siempre será cierto: Háganse la prueba de Papanicoláu. Los cinco minutos de molestia valen la pena. Porque si no lo hubiera hecho, no estaría aquí ahora.

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